Cuentos

Cuentos
"Viajeros extraviados", Premio Fondo Nacional de las Artes, Editorial Bajo la luna

Novela

Novela
"Cruces cierran los campos", Premio Rejadorada-Multiversa, España

domingo, 29 de noviembre de 2009

Tristes trópicos


Managua 6.30 p.m.
Ernesto Cardenal

En la tarde son dulces los neones
y las luces de mercurio, pálidas y bellas...
Y la estrella roja de una torre de radio
en el cielo crepuscular de Managua
es tan bonita como Venus
y un anuncio Esso es como la luna
(…)

sábado, 21 de noviembre de 2009

Escríbeme

Escríbeme al domicilio verde del verano”, de Izet Sarajlic


Escríbeme al domicilio verde del verano.
Que los besos que me envíes sean las últimas noticias
de la tarde.

Tengo la cabeza llena de algunos hermosos sonetos
y no hay quien me perdone ni deje de perdonarme.

Ayer escribieron otra vez sobre mi último libro.
Inventaron toda una fábula sobre las influencias.
La influencia más grande sobre mí la ejerció una graduada en
literatura alemana.
Pero lo callaron, pues ¿a quién puede importarle?

¿A quién le importa que tú seas para mí Honolulú, Madagascar y
Méjico,
una historia que, columpiándome, recorrí a lo largo y a través?
Tu nombre no ha entrado en ningún diccionario,
no figuras en ninguna enciclopedia, ni en ningún
"¿Quién es Quién?"

Pero para mí lo eres todo, como la cama, las lágrimas,
y la flor en el vaso para el soldado en el primer día de paz.
Tus ojos son mi única lectura
en este día que pasa y se va.

viernes, 20 de noviembre de 2009

Siesta


Lina Beck-Bernard, en “El río Paraná. Cinco años en la Confederación Argentina (1857 – 1862)”, escribe sobre la siesta provinciana bajo el título “Santa Fe desde la azotea”.

A esas horas la ciudad parece muerta. Las puertas de la calle se cierran. No se ve a nadie –dicen- como no sean perros y algún francés. Los franceses tienen fama de desafiar el calor y el sol durante las horas de la siesta que los criollos dedican al sueño, considerándolo indispensable a la salud.

lunes, 16 de noviembre de 2009

Satie

Bolaño: Más


Planetas invisibles que de pronto se hacen visibles (...)

Todos los poetas (...) inventan su pasado

Sus argumentos abundan en héroes predestinados, científicos locos, clanes o tribus escondidas que en determinado momento deben emerger y luchar contra otras tribus escondidas, sociedades secretas de hombres vestidos de negro que se reúnen en ranchos perdidos en la pradera, detectives privados que deben buscar a personas perdidas en otros planetas, niños robados y criados por razas inferiores para que en la edad adulta tomen el control de la tribu y guíen a ésta hacia el sacrificio, animales ocultos y de apetito insaciable, plantas mutantes, planetas invisibles que de pronto se hacen visibles, adolescentes ofrecidas en sacrificios humanos, ciudades de hielo habitadas por una sola persona, vaqueros que son visitados por ángeles, enormes movimientos migratorios que a su paso lo destrozan todo, laberintos subterráneos por donde pululan monjes guerreros, complots para matar al presidente de los Estados Unidos, naves espaciales que abandonan una tierra en llamas y colonizan Júpiter, sociedades de asesinos telépatas, niños que crecen solos en grandes patios oscuros y fríos.

(...) La única experiencia necesaria para escribir es la experiencia del fenómeno estético. Pero no me refiero a una cierta educación más o menos correcta, sino a un compromiso, o mejor dicho, a una apuesta, en donde el artista pone sobre la mesa su vida, sabiendo de antemano, además, que va a salir derrotado. Esto último es importante: saber que vas a perder.

domingo, 15 de noviembre de 2009

Moon river

Textos escritos en el TALLER

Lo irremediable

Josefina Díaz

Llueve, no tengo ganas de nada ni de nadie. Mi gato Timoteo mira por la ventana entreabierta de mi escritorio, pienso, seguramente con un deseo de libertad, de treparse a los techos y batirse a duelo con los otros gatos para tener la supremacía sobre alguna gata en celo. Vuelve, me mira con desgano, se acuesta arriba de un libro, lo acaricio mientras escribo. Esta mañana leí una frase que me da vueltas en la cabeza, dice: ”En corregir lo incorregible se te fue la vida, en buscar el error y tratar de borrarlo”.
Suena el teléfono, es Elena, me habla de su enfermedad, ¿por qué no le puedo decir que el cuerpo también se equivoca?, ¿que hay que corregirlo? Le comento mi estar en el mundo, le digo que el alma también se enferma, que no estoy de acuerdo con la rutina, con el tiempo circular dentro de los mismos y repetibles espacios.
Espero que pare de llover, camino por las calles de la ciudad, pienso en la enfermedad de Elena, hay tantas muertes en mi memoria que por error o por destino se vuelven a repetir. Mi madre ha muerto de cansada, me dijo una semana antes de partir, nunca sintió la felicidad, buscarla es el error, cuando te das cuenta de que no la encontraste vas camino a la zozobra, ¿será una construcción de la imaginación? Equivocarse es la fatalidad de nuestro tiempo y volver a empezar crea la incertidumbre de un presente que nos devora.
Camino hasta el río, siento su olor, el recuerdo de mi infancia allá en el barrio La Florida, desde niña jugué con las olas que traían a la orilla los barcos. León manso, color violáceo en esta hora que atardece, ¿quién me devolverá el paraíso perdido?
Vuelvo, prendo la radio, hay noticias llenas de sangre, reflexiono: la gente desayuna y cena con los robos y crímenes del día, entre el espanto y el deseo de castigo hacen de la violencia un goce, en lugar de buscar el error y tratar de corregirlo o borrarlo. Errar… y todo vuelve a empezar, por eso me equivoqué tantas veces, y la culpa otra vez de provocar errores. La vida es eternamente irremediable.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Otros ríos

Frente al Sena, rememorando el Río de la Plata
Silvina Ocampo

Y ese río lo he visto en otros ríos,
(…) como vemos un rostro que fue nuestro
en algún rostro nuevo descubierto.

martes, 10 de noviembre de 2009

Tin Tan vs. Cantinflas

Burton por Burton


De Tim Burton:

De chico era introvertido. Me gusta pensar que no me sentía diferente de los demás. Hacía lo que hace todo niño: iba al cine, jugaba, dibujaba. No es inusual. Lo que sí es inusual es querer seguir haciendo las mismas cosas cuando uno crece.

jueves, 5 de noviembre de 2009

Tin Tin Deo

De: El idioma de los gatos


El salón de baile escondido de Versalles
Spencer Holst

Elegante y opulento y, sin embargo, ignorado, “el salón de baile escondido” de Versalles, cuyo piso íntegro está hecho con muchos frágiles paneles como una sola, pulida superficie de espejo, yace limpio en la oscuridad, sin ser penetrado en dos siglos por una chispa, ni siquiera un rayo de luna, ni fósforo, lámpara o luz alguna, excepto una vez. Entonces, un minúsculo puñado de huevos de insecto (introducidos por una grieta a través de una imperfección de una moldura, hasta el gran piso de espejo) crió luciérnagas.
Eso fue en 1893.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Sam Shepard


Desde la alta hierba
hasta el borde del patio asfaltado
te veo escrutarme

te veo cuando no sabes que miro
y cada mirada que robo
le añade un día a mi vida

últimamente eres más difícil de atrapar
o es que me estoy volviendo viejo
últimamente eres más difícil de atrapar

(6/11/81 - Homestead Valley, Ca.)

La vuelta al día


Fragmento de: JULIOS EN ACCION, de Cortázar, en "La vuelta al día en ochenta mundos"

Quiero decir que un claro sentimiento del absurdo nos sitúa mejor y más lúcidamente que la seguridad de raíz kantiana según la cual los fenómenos son mediatizaciones de una realidad inalcanzable pero que de todas maneras les sirve de garantía por un año contra toda rotura. Los cronopios tienen desde pequeños una noción sumamente constructiva del absurdo.

Verne

Versión de “LA VUELTA AL MUNDO EN OCHENTA DIAS”, de JULIO VERNE
(Buenos Aires, Estación Mandioca Ediciones)
Por Beatriz Actis

Capítulo 1: Un típico señor inglés

¿Cómo se imagina alguien a un señor inglés? En líneas generales, de la siguiente manera: serio, puntual, meticuloso, formal, socio de un club de caballeros.
Pues… ¡Phileas Fogg respondía exactamente a esa descripción!
Vivía, además, en una típica casa de un típico barrio de Londres: el número siete de la calle Saville Row en Burlington Gardens.
Nada se sabía sobre Phileas Fogg más allá de los datos que hemos señalado, ya que no se conocían de él ni profesión (aunque nadie dudaba de que era un hombre rico) ni pasado ni familia.
Corría el año 1872.
Todos los días, Phileas Fogg se levantaba a la misma hora, almorzaba y cenaba en el Reform Club, en la misma mesa y en el mismo comedor sin invitar jamás a un extraño, y regresaba a su casa para acostarse exactamente a la medianoche.
Y así, cada día de su rutinaria vida londinense.
Había tenido a su servicio a un criado llamado Foster, pero acababa de despedirlo porque le había llevado el agua para afeitarse a una temperatura de 54 grados Farenheidt en lugar de los 55 a los que él estaba acostumbrado.
Así de quisquilloso era este señor inglés.
Contrató entonces a otro empleado para reemplazar a Foster.
En la mañana del 2 de octubre, Phileas Fogg estaba en su casa, esperando, cuando llamaron a la puerta y apareció Jean Passepartout. El joven francés, de cara enrojecida y pelo revuelto, sería desde ese momento su nuevo criado.
Passepartout había tenido muchos oficios y empleos: cantante callejero, acróbata y trapecista en un circo, profesor de gimnasia e incluso bombero en plena ciudad de París.
Su nombre (que en francés quiere decir ganzúa) aludía a una de sus virtudes: el nuevo criado poseía una natural habilidad para desempeñarse en cualquier situación imprevista, por más insólita que ésta fuera. Era alguien que “servía para todo”, igual que una llave maestra.
Eso sí, antes de darle el trabajo al joven francés, Phileas Fogg controló que los relojes de ambos estuvieran sincronizados. Passepartout había llegado a la cita cuatro minutos después de lo convenido y tuvo que ajustar la hora de su reloj.
Passepartout pensó: “He conocido en el famoso Museo de Estatuas de Cera de Madame Tussaud estatuas tan llenas de vida como mi nuevo amo”.
Y agregó para sí mismo que Phileas Fogg era el hombre más exacto y sedentario de toda Inglaterra.


Capítulo 2: El mundo en una apuesta


Esa misma tarde, a las 6 menos veinte (ni un minuto más, ni un minuto menos), Phileas Fogg se hallaba en el club jugando a las cartas junto a sus habituales compañeros.
Ellos eran: Thomas Flannagan, fabricante de cerveza; Andrew Stuart, ingeniero; Jhon Sullivan, banquero; Samuel Fallentin, también banquero, y Gauthier Ralph, administrador del Banco de Inglaterra.
Estaban comentando y discutiendo sobre un acontecimiento reciente: alguien había robado muchísimo dinero (¡cincuenta y cinco mil libras esterlinas!) del Banco de Inglaterra.
_ No tenía aspecto de ladrón, según afirman los testigos – dijo Ralph - sino de caballero.
Durante el juego, los jugadores no hablaban pero cuando se hacía un alto entre partida y partida, la charla interrumpida cobraba mayor interés.
_ El ladrón tiene todas las posibilidades de escapar y de no ser encontrado jamás – dijo Stuart.
- No es así, ya que no podrá refugiarse en ningún otro país –corrigió Ralph, que poseía mayor información sobre el robo ya que trabajaba en el Banco-. Los más hábiles inspectores de la Policía fueron enviados a los principales puertos de Europa y de América para evitar que ese sujeto escape.
_ Insisto en que, a pesar de que la Policía lo esté persiguiendo, el ladrón puede refugiarse en cualquier país. La Tierra es un lugar muy grande.
En ese momento, Phileas Fogg intervino en la conversación:
_ Antes sí lo era…
_ ¡Cómo que antes! ¿Acaso la Tierra se ha reducido? – preguntó Stuart.
_ ¡Claro que sí! – respondió Ralph-. La Tierra se ha empequeñecido en el sentido de que hoy se la puede recorrer en un tiempo diez veces más breve que hace cien años. Y esto hará que la investigación sea más rápida.
_ Y también, que el ladrón se escape con mayor facilidad –dijo Phileas Fogg.
_Han encontrado, caballeros, una manera muy simpática de decir que actualmente se puede dar la vuelta al mundo en sólo tres meses –señaló Stuart.
_ En ochenta días, nada más –aseguró Phileas Fogg.
_ Efectivamente, señores – adhirió Sullivan-, he leído un cálculo reciente en el periódico; lo tengo aquí conmigo.
Y a continuación leyó en voz alta los siguientes datos:

• De Londres a Suez (en ferrocarril y barco): 7 días
• De Suez a Bombay (por barco): 13 días
• De Bombay a Calcula (en ferrocarril): 3 días
• De Calcuta a Hong Kong (por barco): 13 días
• De Hong Kong a Yokohama (por barco): 6 días
• De Yokohama a San Francisco (por barco): 22 días
• De San Francisco a Nueva York (en ferrocarril): 7 días
• De Nueva York a Londres (por barco y en ferrocarril): 9 días

Después de leer la información, Sullivan concluyó:
_ Total: ochenta días.
_ Sí, pero eso es sólo en teoría, ya que no se tienen en cuenta los contratiempos que seguramente tendrá un viaje tan largo – objetó Stuart.
_ La vuelta al mundo en ochenta días, en la práctica, con todos los contratiempos incluidos – afirmó Phileas Fogg con su habitual tono impasible.
_ Apuesto cuatro mil libras esterlinas a que eso es imposible –dijo Stuart.
_ Acepto –dijo Fogg-. Y apuesto veinte mil libras esterlinas a que sí es posible.
_ Aceptamos – respondieron los otros caballeros que jugaban a las cartas con Phileas Fogg.
_ Esta misma noche partiré de Londres – dijo el hombre que acababa de apostar que en ochenta días daría la vuelta al mundo-. Y regresaré a este mismo lugar el 21 de diciembre a las 8 y 45 de la tarde.
Los caballeros redactaron y firmaron un acta para certificar la apuesta. Después, continuaron jugando a las cartas, y Phileas Fogg con ellos, como si nada extraordinario hubiese sucedido en el Reform Club aquella tarde.