Cuando se va el verano (2017)

Cuando se va el verano (2017)
Libro para jóvenes - Estación Mandioca Ediciones

Cuentos

Cuentos
"Viajeros extraviados", Premio Fondo Nacional de las Artes, Editorial Bajo la luna

Novela

Novela
"Cruces cierran los campos", Premio Rejadorada-Multiversa, España

lunes, 30 de abril de 2018

sábado, 7 de abril de 2018

Viejas apostillas


Rosario. Noviembre
 Cuando la mañana es venturosa, como hoy, es decir, cuando el clima se ha vuelto agradable, desayuno en la vereda del Trota, en la primera mesa sobre calle San Martín, la que mira hacia el río. A lado pasan los autos; los que doblan por Urquiza casi me rozan y así recuerdan que esto es el centro. Sin embargo, al levantar la vista, dos cuadras más adelante, por el declive de la calle se observa el Paraná, como en esa zamba que dice "busco al fondo de la calle un cerro" (es "La nostalgiosa", de Dávalos y Falú), aunque al revés, en verdad, porque allí el poeta no encuentra el cerro y acá sí, acá en el fondo de la calle hay un río. No es raro que cada tanto, incluso, pase un barco y en el asfalto se prolongue la ilusión de autos que marchan enfrentándose con mástiles de grandes buques extranjeros que van o vienen de Puerto San Martín (supongo) o velas blancas de embarcaciones más pequeñas. Es en esta zona en que se produce esa extraña convivencia de río y ciudad en un par de cuadras, y este bar, en su esquina, posee la visión privilegiada, y esta mesita de lata es un observatorio, un Finisterre enclenque al que a veces tengo que ponerle varias servilletas dobladas para que no se mueva y se derrame el café.

Diciembre
  Hoy me tocó un taxista poético: me mostró, entusiasmado, el arco iris y también hizo un recuento de los últimos que habían aparecido, incluso uno doble, después de las lluvias. Me contorsioné en el asiento trasero del taxi para verlo, grácil y tal vez escurridizo entre la copa de los árboles.

Enero
 En la pared lateral de uno de los edificios de la vereda de enfrente alguien proyectó un video de Madonna en blanco y negro. Se veía perfecto a la altura de mi piso diez, parecía Times Square. Exagero, claro. Me asomé al balcón tratando de averiguar desde qué departamento lo estaban proyectando; desde algún que otro balcón alguna gente se asomaba también. Fue una situación extraña: el paisaje nocturno del barrio en las alturas cambió, y fue para bien, diría. Ahora el proyector se apagó y quedó como un vacío (y eso que Madonna no me gusta demasiado)


Febrero
 Es tranquilizadora la familiaridad del cine del barrio, mezclada con la cosa de género o con las películas con personajes reconocibles, icónicos es como volver a la infancia, cuando le decís al que vende las entradas, por ejemplo: "Una para la de James Bond", y entrás.


Marzo
 En el final de la versión cinematográfica de "Suite francesa" puede verse la pequeña letra de Irene Némirovsky en sus cuadernos: las anotaciones, los agregados, las tachaduras. Y uno se levanta de la butaca conmovido, acongojado, después de haber espiado el proceso de aquella intimidad.



Abril
   Al volver de un viaje, despliego el mapa del lugar que compré previamente en alguna librería, como buen turista de antaño (no me guío por mapas virtuales) y reviso no solo los lugares a los que fui –lo que sería bastante lógico- sino aquellos a los que no fui. No viajo con el mapa, lo guardo prolijamente doblado, intacto, para el regreso. Me gusta la idea de casi haber estado, incluso más que la de haber estado. 


lunes, 26 de marzo de 2018


Taller LA LITERATURA EN EL NIVEL INICIAL

 Sábado 31 de marzo, Librería Homo Sapiens, 9 a 12.30, ROSARIO

 Inscripciones: inscripcion@homosapiens.com





 Fábula - Beatriz Actis 

   Un señor tenía un pato que ladraba. Lo metió en un canasto con tapa y se fue a recorrer las plazas de los pueblos.
   Le decía a la gente que tenía un pato que ladraba, pero nadie le creía. “Si me dan una moneda”, les decía, “se los muestro. Si no ladra, les devuelvo la moneda y les doy otra más”.
   Entonces sacaba el pato, que como estaba un poco confundido no ladraba, le hablaba en la oreja para convencerlo y el pato ladraba.
  Con el dinero que ganó gracias al pato, el señor se compró una motoneta (para él) y un carrito (para el pato). El carrito tenía una sola rueda e iba enganchado a la motoneta como un sidecar. También le compró un casco al pato.
  Un buen día, el señor encontró un gato que hacía mu y también lo metió adentro del carrito. Se llevaba muy bien con el pato.
  Después encontró un perro que hacía miau y tuvo que agrandar el carrito. En realidad, lo cambió por otro más grande (un carro y no un carrito). Compró dos cascos más.
  Fue entonces cuando encontró la vaca que hacía cua y tuvo que comprar un carromato de circo para que entraran todos. (Los cascos ya no eran necesarios).
  En el viaje, los animales conversaban porque si no se aburrían. Se hicieron muy amigos.
  En medio de la larga travesía por la llanura, el pato le enseñó a ladrar al perro, el perro le enseñó a maullar al gato, el gato le enseñó a mugir a la vaca y la vaca le enseñó a parpar al pato.
   Entonces se dieron la mano, abrieron la puerta del carromato y cada uno se fue por la vida con rumbo distinto.
  Ahora que eran bilingües podían trabajar como traductores (sobre todo el pato, el gato y el perro) o como secretaria ejecutiva (sobre todo la vaca).
  También podían publicar un diccionario vaca – gato, gato – vaca; pato – perro, perro – pato; etcétera.
  El señor les vendió el carromato a los gitanos y se fue con su motoneta a buscar algún gladiolo con olor a jazmín, o bien, alguna mandarina con gusto a banana.
  No sabemos qué tal le fue.



 

domingo, 18 de marzo de 2018

Lo que costó que me llamaran Micaela

Lo que costó que me llamaran Micaela
Beatriz Actis


  Me acuerdo bien de la mañana en que el campito empezó a desaparecer.  Cómo no acordarme. Nos levantamos y vimos a unos hombres sacando malezas y a otro con una máquina que de a ratos parecía que removía la tierra y de a ratos la aplastaba, y siempre hacía un ruido infernal. Es una motoniveladora, dijo Javier. Javier es mi hermano. El campito era nuestra cancha de fútbol. Yo a veces le decía “el campito” y mi hermano y sus amigos siempre le decían “la canchita”.
  A mí me gustaba el fútbol, pero no solo mirar. Los chicos a veces me dejaban jugar con ellos, a veces no me dejaban. Cuando finalmente jugaba, ¡se pegaban un susto! Yo era buena en la gambeta. Pero una vez le hice un caño al Chelo y él se enojó porque los otros chicos lo cargaban y ahí no me invitaron a jugar durante no sé cuántos partidos. Después se les pasó.
   Cuando me daban un buen pase, metía goles (lo que pasaba es que a veces no me daban los pases). “Javiera” me decían, para hacerme rabiar, como si solamente fuera la hermana de Javier y ni nombre propio tuviera. “Micaela”, les decía yo. “Me llamo Mi-ca-e-la”, y se los separaba bien y lo decía en voz alta pero despacio para que entiendan. Una sola vez el Chelo y Fabián y hasta mi hermano gritaron gol y me abrazaron y no se pusieron celosos; fue cuando la metí en el ángulo en un partido contra los del otro lado de la vía. Ganamos gracias a ese gol.
    Después tuvimos que buscarnos otro campito,  más lejos,  demasiado  cerca  del  río; las
zonas bajas no eran buenas porque el río crecía o había mucha lluvia que no desagotaba y se inundaban. Igual, ahí hicimos la nueva canchita porque otro lugar despejado y sin dueño que reclamara o vecinos que se quejaran, no había. Pero el otro, ese sí parecía una cancha de verdad. 

domingo, 11 de marzo de 2018

Los clásicos en el aula

Taller LOS CLÁSICOS EN EL AULA: Tradición escrita y tradición oral.

 Sábado 17 de marzo, Librería Homo Sapiens, 9 a 12.30, ROSARIO.

 Inscripciones: inscripcion@homosapiens.com.ar


El zapato abandonado se lamenta
─es solo un instante─
y piensa
allí, tendido en la escalera,
que podría haber escapado
junto a su compañero,
por los jardines del palacio,
no hacia la carroza
sino hacia la libertad del bosque
antes de que lo atrape la mano del príncipe.

Otro hubiera sido el cuento.


jueves, 1 de marzo de 2018