Cuando se va el verano (2017)

Cuando se va el verano (2017)
Libro para jóvenes - Estación Mandioca Ediciones

Cuentos

Cuentos
"Viajeros extraviados", Premio Fondo Nacional de las Artes, Editorial Bajo la luna

Novela

Novela
"Cruces cierran los campos", Premio Rejadorada-Multiversa, España

domingo, 3 de diciembre de 2017

Taller Literario Virtual 2017 - 2018



El taller LITERARIO VIRTUAL se organiza, básicamente, a través de intercambios por correo electrónico.

 -Hay otras instancias de encuentro virtual a través del grupo público de facebook  Talleres coordinados por Beatriz Actis y de este blog, que funciona como un anexo de lectura. 

-El grupo de facebook Talleres... funciona como foro y espacio de comunicación entre los talleristas. Allí compartimos información literaria, cultural. En las entradas de mayo y junio, y también en las de noviembre y diciembre hay textos escritos por los talleristas del 2017.

-En cuanto a consultas para realizar en línea, son optativos chat y watsap. 

La dinámica del taller virtual es la siguiente:

-Envío a principios de mes, por mail, un archivo con lecturas, referencias teóricas y propuestas de escritura. 

-A fin de mes, el tallerista manda sus escritos y yo hago la devolución (comentarios, sugerencias de corrección)

-Al mes siguiente envío un nuevo archivo y así sucesivamente. 

-Hay dos modalidades: literatura para adultos y literatura para niños.

-El taller está organizado a partir de ejes temáticos, géneros literarios y autores. Las actividades a realizar (en tanto taller de lectura y de escritura) son: lectura de textos y autores diversos; interpretación crítica de los textos; análisis de sus mecanismos y recursos de escritura; propuestas variadas de escritura.

- La dinámica es flexible en el sentido de que pueden acordarse tiempos de entrega de los escritos y otras cuestiones: elegir algunas consignas de escritura y no todas; enviar producción propia y no siempre la que se plantea como propuesta del taller, etc. 

- Dada su modalidad, puede comenzarse en cualquier momento del año. El taller está planteado de manera anual pero  a través de dos módulos, es decir, se puede realizar el primer módulo de seis meses y dejara ahí o retomar más adelante, etc. 


**CONSULTAS e INSCRIPCIÓN: beatrizactis@hotmail.com**

jueves, 23 de noviembre de 2017

Sobre gatos

Hay cinco gatos vagos cuyos nombres no conozco
pero me saludan como a un viejo colega.


                                                         Jorge Teillier


lunes, 20 de noviembre de 2017

Cuento

CICATRIZ (Beatriz Actis) 

 “Aquella furia de ayer detrás del mundo”.
Enrique Molina



   Siempre había sido hermoso, incluso en la niñez, aunque en esa época yo apenas podía sospecharlo. En la época en que lo reencontré, ya en la ciudad, olvidado el pasado del pueblo de una buena vez (aquellos episodios a veces claros, a veces oscuros de la infancia), era ante mí y los demás un joven hermoso; ahora -lo había imaginado algunas veces- se habría convertido en un hombre armónico en su madurez. Yo había escrito poemas sobre sus pómulos y el color extraño de sus ojos cuando en esos días buscaba su aliento y sentía que aquello duraría para siempre. Recuerdo haberle escrito una carta, previa a nuestra despedida, que decía: “No puedo más sin tenerte a mi lado”. Eran nuestros primeros tiempos de estudiantes, estábamos solos y quizás perdidos, la dictadura había convertido a la ciudad en una maqueta sin vida, en un lugar de ocultamientos y de terrores; a pesar de que en el pueblo no nos habíamos acercado desde la niñez, aquí nos habíamos reencontrado y habíamos vivido aquel amor juvenil, efímero. Recuerdo además que recorríamos juntos las calles por las noches, adentrándonos en barrios desconocidos para explorar la ciudad que deberíamos habitar de ahora en más (pienso mientras camino, y canto y pienso, mientras camino, en aquellas horas muertas de tránsito lento sin llegada final, sin un destino fijo, en esas horas muertas en que ya nadie enciende las lámparas). Pasaron los años, el tiempo mitigó, como siempre, la pasión -todo retorna y todo se va desvaneciendo, lentamente, como islas a la deriva-, no volví a verlo hasta esta noche. Casi nunca lo había recordado durante nuestra larga separación, a pesar de que a veces, muy de vez en cuando, se me ocurría pensar que su rostro había poseído en la juventud la inocencia de un ángel de un pintor del Renacimiento y al mismo tiempo, de modo inexplicable, la impureza de un fauno o de un diablo chabacano de carnaval, aunque, a la luz de los acontecimientos, los extremos de la comparación me parecen, hoy más que nunca, desproporcionados, viciados de exageración.
  Volver a verlo hoy fue una casualidad. Ni siquiera sabía por amigos comunes (pensándolo bien, ya no teníamos amigos comunes, ya no tenía yo siquiera amigos en Santa Fe) o por cuestiones fortuitas, como sucede tantas veces cuando los amantes se abandonan, qué es lo que había sido de su vida a lo largo de estos años. En verano recorro por las noches las calles en mi antigua bicicleta, quizás para mitigar el ruido del insomnio; casi no camino ni deambulo, como en aquellas noches de la juventud, y andar en bicicleta es mi único vínculo con una imagen adolescente de mí misma. A veces también paseo en las tardes invernales: la vida pesa menos cuando uno se pierde en la ciudad difusa, como cubierta por el humo.
  Me conmueve reencontrarlo, quizás más que si hubiese sido cualquier otro de los amores fugaces juveniles, quizás por nuestras comunes aventuras o desventuras de la infancia, por el pasado. En esa tarde de otoño (hay un libro de poemas, estoy segura, que se llama: Otoño imperdonable) yo recorría el Parque del Sur, una murga cruzaba la calle rumbo al anfiteatro, era extraño aquel clima de impostado carnaval sin el calor agobiante de febrero, sin los atributos de una noche de verano, solos los redoblantes y los disfraces en el final del otoño (¿pero adónde estaba mi risa, mi estallido?: como en los pueblos de la pampa, como en los pobres corsos de la costa sobre el Paraná: aquí el carnaval es triste); seguí a la murga en la bicicleta, como un chico fascinado, entusiasta persigue al circo que recién llega a su pueblo. En medio de la caravana se me acercó otro ciclista extraviado que venía del oeste, seguramente de los barrios más pobres, su bicicleta estaba despintada, oxidada, él mostraba la ropa raída; la magia funambulesca de la bruma de carnaval se desvaneció de golpe, se volvió realidad cuando el ciclista preguntó: “Señora, ¿hoy es viernes o es sábado?”. Dudé un segundo en contestarle: “Es sábado”.
  Ahora, la murga se va, también el ciclista (desorientado); bordeo el parque y empiezo el último tramo de mi recorrido por las callecitas del sur que llevan hacia mi casa. Oscurece temprano, los primeros fríos alejan a la gente de las calles, azota el viento que llega del puerto, estoy a tres, a cuatro cuadras de mi casa cuando escucho que alguien que pasa caminando por la vereda del oeste me llama por mi nombre. Es Gabriel; se acerca, hablamos. Lo primero que se me ocurre es preguntarle por su hermana. ”Ana Clara –la nombra del mismo modo que lo hacía su abuela, ya me había olvidado de aquel nombre completo, el nombre me sonó anticuado, romántico, como referido a otra persona- está viviendo en Buenos Aires, tiene tres chicos, es profesora de inglés”. Abandona el tema (vuelvo a detenerme, entonces, ante el antiguo nombre de aquella amiga, de aquella enemiga de infancia, en la revelación de que ya no tengo amigos en este lugar de paso en que se ha convertido la ciudad) y cuenta generalidades sobre su propia vida en estos años: estuvo él también radicado un tiempo en Buenos Aires, ha vuelto a vivir en el pueblo, sólo está de paso ahora en Santa Fe para ver a unos antiguos compañeros de facultad, no, sin embargo no había terminado su carrera –yo no lo recordaba-, sólo había alcanzado un título técnico intermedio, no se me ocurre qué estará haciendo a esas horas en mi barrio, ¿alguno de aquellos ex compañeros vivirá por el Sur? A la vez, relato ante su moderado asombro algunos de los hechos que han acontecido en mi vida.
  “Una vez tuve uno de tus libros en mis manos” (pienso a qué libro se podrá referir; poco le habrán interesado aquellos avatares de los artículos académicos en publicaciones que nadie lee fuera de los círculos estrechos de las universidades: papers sobre Fray Bartolomé de las Casas o Bernal Díaz del Castillo o el cura Florian Paucke, aquí en la costa; alguna vez debería escribir de verdad, concluir una novela); dice lo de mi libro en sus manos con una sonrisa triste que no es circunstancial -lo recuerdo ahora-, ya que le ha sido propia desde la juventud. Miro su rostro. Es el rostro de un hombre maduro, su antigua hermosura es lánguida. Me detengo con disimulo casual en la boca, la piel, los ojos claros. Una cicatriz le cruza la sien.
  Esbozo algunas otras vaguedades sobre mi vida, menciono la edad de mi hijo, el tiempo que hace desde que nos hemos separado con Lucio (mi pasajero amor con Gabriel fue antes de encontrar a Lucio en Santa Fe, sin embargo ellos se conocían, habían sido compañeros en Ingeniería), el hecho de que no estoy demasiado tiempo en Santa Fe por la frecuencia de los viajes laborales; él elude con calma darme más precisiones sobre su vida. Pienso: "Alguien lo ha herido. Esa cicatriz es la marca de un arma blanca, de una botella en medio de una pelea. O de una venganza, o de un ajuste de cuentas".
   Recuerdo que sus años juveniles habían sido desprolijos, incluso turbulentos. Se enciende en mi cabeza el verso de Baudelaire: Mi juventud fue como un huracán. Sin embargo a la herida la había recibido en los que yo había supuesto serían sus años de madurez y de reposo (¿Nunca se habría aventurado Gabriel, como en sus sueños de infancia, a una vida en el mar? Su mar, sus aventuras habían resultado ser tal vez sórdidas disputas urbanas –pienso otra vez en sus conductas de juventud-, en ámbitos ilícitos). La vida no había sido para él, es evidente, un largo río sin escollos.

  Nos despedimos. No me marcho con la dignidad de las películas sino con la ridiculez flagrante de la vida: en bicicleta, con ropa abultada, por una avenida desierta. ¿Cómo lo recordaré de aquí en más, durante los años próximos: como aquel dolor de infancia, como aquella piel límpida de la juventud o como esta cicatriz que le parte la cara en mitades oscuras? Las cosas no son como las vemos –a esto lo he pensado más de una vez o quizás lo he leído o escuchado-, sino como las recordamos. 

domingo, 5 de noviembre de 2017

Lógica de la noche - Poema


Lógica de la noche sobre la ciudad
sin luna.
Conversábamos, caminábamos
y la ciudad,
entre el sueño y la mañana,
era sencillamente nuestra.
Cuando ninguna posibilidad de futuro
era extranjera.


viernes, 27 de octubre de 2017

Criaturas de los mundos perdidos

    De Criaturas de los mundos perdidos (editorial Homo Sapiens - Colección La flor de la canela):
    Ciudad de Césares. Ciudad de errantes.
    CIUDAD DE CÉSARES. Lo que Juan de Garay pensaba en aquella época, al igual que muchos de sus contemporáneos, era que la Ciudad de los Césares estaba en la cordillera de los Andes, a orillas de un gran lago, entre un cerro de diamante y otro de plata.
    Las cúpulas de sus torres de piedra labrada brillaban porque estaban hechas de oro macizo, al igual que los techos de las casas, el pavimento de las calles y hasta las ollas, los cuchillos y las rejas de los arados.
    Las tierras que rodeaban aquellas construcciones eran –todos así lo pensaban y lo soñaban- increíblemente fértiles.
    Algunas versiones ubicaban a la ciudad en un claro del bosque y otras, en cambio, señalaban que estaba situada en el medio del lago y que poseía como único acceso un puente levadizo, como los castillos de la Edad Media.
    Las campanas de los templos se escuchaban a lo lejos y de ese modo alertaban a los viajeros sobre su rumbo, como una brújula sonora.
    Sus habitantes eran tan pero tan ricos que en sus casas reposaban sobre asientos de oro.

    CIUDAD DE ERRANTES. Los hombres y las mujeres de la Ciudad Errante hablaban un idioma ininteligible para los conquistadores españoles e incluso para los aborígenes del lugar.
    Eran únicos y diferentes en toda la Patagonia, que era su reino.
    Los españoles que la conocieron la llamaron Ciudad de los Césares no sólo porque les recordaba el esplendor de la Roma Antigua sino porque en el viaje realizado por Sebastián Gaboto por los territorios del sur hubo un capitán, Francisco César, que partió del fuerte español de Sancti Spiritu, a orillas del río Paraná, en la desembocadura del río Carcarañá, y llegó a aquel lugar encantado.
    Cuando volvió al fuerte, lo halló destruido, pero cuando quiso volver a la Ciudad que lo había embelesado, murió en el camino y se llevó a la tumba su secreto: cuál era la ruta para llegar hasta ahí.
    Antes de sucumbir, de Francisco César El Español brotó un único pensamiento: “¿Qué hago con mi desesperación? Está atardeciendo y apenas se sobrelleva la noche. ¿Adónde estás, Ciudad?”.
    De este modo, nunca pudo ser hallada la urbe fabulosa ni por los más intrépidos exploradores ni por los más audaces aventureros y ni siquiera por los viajeros más soñadores.

martes, 17 de octubre de 2017

Jugar con los clásicos



Las historias que persisten desde la tradición escrita y desde la tradición oral



  • Los clásicos de la literatura infantil y juvenil (entendiendo por “clásicos” aquellas obras incorporadas al canon) forman parte de una tradición literaria, de una continuidad cultural, pero de manera dinámica. 
  • Según Ítalo Calvino, un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir, es un libro de relectura, de descubrimiento constante, cargado de huellas y señales, y que sirve para definirse a uno mismo en relación o incluso en contraste con él.



  

lunes, 16 de octubre de 2017

Cuento de primavera

La invitación”, de Jurg Schubiger 

  Verano en el jardín. Bajo el peral, chispeantes insectos. Ellos zumbaban; yo canturreaba con ellos. Estaba sujetando una malva a un bastón, quitando malas hierbas, haciendo esto y lo otro, entre una cosa y otra, nada.
Entonces me habló una abeja:
Hoy se casa nuestra reina  - dijo - . Mi pueblo y yo necesitamos un padrino.
 Te hemos elegido a ti.
Me quité la tierra seca de los dedos.
Gracias  - dije - ¿Qué debo ponerme?

Alas   - dijo la abeja.